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La conyugalidad: don, sacramento y condición
Reggio Emilia, 10 de enero 2015


He pensado en hablaros de conyugalidad. Se puede hacer desde distintos puntos de vista y he elegido hacerlo desde la fe, considerando la conyugalidad tal como es entre dos bautizados.

No es un tipo de reflexión que oiréis frecuentemente, inmersos como estamos en discursos psicológicos y/o sociológicos. Mi discurso, en cambio, quiere ser un borrador de catequesis de la conyugalidad.

Al mismo tiempo, no se puede ignorar lo que está sucediendo actualmente: la conyugalidad entendida desde un punto de vista cristiano está sufriendo un desafío inédito. Hablaré de ello al final.

1. El gran texto "clásico" sobre la conyugalidad es Ef 5, 22-32. No es necesario hacer un análisis detallado del texto; basta, para nuestro fin, coger la idea de fondo, a saber: existe un vínculo entre la relación Cristo-Iglesia y la relación -la conyugalidad- entre el esposo y la esposa.

Prestad atención. El autor sagrado habla de una relación entre dos relaciones. Me explico con un ejemplo sencillo. Si digo: 8:4=10:5, no quiero decir que 8=10 y 4=5. Instituyo una relación [de igualdad] entre dos relaciones.

¿De qué naturaleza es la relación que existe entre la relación Cristo-Iglesia y esposo-esposa? Es de naturaleza "sacramental" o como dirían los Padres de la Iglesia, "mistérica". Intentemos entender bien este punto esencial de la visión cristiana de la conyugalidad.

Tenemos que partir de lo que se denomina "economía de la Encarnación". Con esta expresión se quiere describir el comportamiento de Dios hacia nosotros, tal como se manifiesta de manera suprema y definitiva en Jesús, el Verbo hecho hombre.

En virtud de este acontecimiento -Dios asume nuestra naturaleza y condición humana-, la divina Persona del Verbo revela y realiza el diseño de salvación a nuestro favor, humanamente. Él pronuncia la palabra de Dios mediante palabras humanas; Él nos salva mediante un acto humano de libertad. La palabra humana dicha por Jesús es un gran "misterio" porque es el vehículo de la propia palabra del Padre y, por consiguiente, de su pensamiento, del proyecto del Padre sobre el hombre. El acto con el cual Jesús se dona a sí mismo en la Cruz es un gran "misterio" porque con él se expresa de manera humana el amor divino hacia el hombre. De manera breve podemos decir que la economía de la Encarnación consiste en la Presencia obrante del Verbo dentro de una humanidad. Dentro de un cuerpo y un espíritu humanos, de una vida humana.

Este modo de comportarse del Verbo encarnado continúa aún hoy. Él revela y realiza la redención del hombre sirviéndose de realidades humanas. Esto lo vemos claramente en los siete signos sagrados o sacramentos. En el acto de lavar el cuerpo, como sucede en el bautismo, el Redentor cumple la regeneración sobrenatural de la persona. Prestad atención. No es que Cristo cumpla nuestra justificación "con ocasión" de la efusión del agua y "como estando al lado" de ésta, sino que Él obra nuestra redención mediante y, por así decirlo, dentro de este gesto. Lo que os estoy diciendo no hay que entenderlo tampoco como si la efusión del agua fuera una ayuda porque creemos que el Redentor nos redime. El Concilio de Trento enseña que los Sacramentos no fueron instituidos sólo para nutrir nuestra fe [DH 1605] y el CIC [1155] retoma esta enseñanza.

La fuerza redentora de Cristo está presente en la efusión del agua y obra mediante ésta. He utilizado el ejemplo del bautismo, pero podría haber utilizado cualquier otro sacramento. Hablamos de "economía de nuestra salvación" como "economía sacramental".

Y ahora volvamos a nuestra reflexión sobre la conyugalidad. He dice que entre la relación Cristo-Iglesia y la relación esposo-esposa existe una relación sacramental. Lo explicaré mejor.

En la relación conyugal está presente el Misterio de la unidad de Cristo con la Iglesia. Esa es el signo real de éste. Real significa que no representa el Misterio, quedándose fuera de Éste, externo a Éste; significa que el matrimonio está en relación intrínseca con el Misterio de la unión de Cristo con la Iglesia y, por lo tanto, que participa de su naturaleza, como si estuviera impregnado del mismo.

Pero, ¿qué quiero decir concretamente cuando hablo de matrimonio? En cada sacramento podemos distinguir tres estratos. Tomemos como ejemplo la Eucaristía.

Existe un primer estrato, el más simple, visible, verificable: son las especies eucarísticas, el pan y el vino consagrados, que significan realmente el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Sólo aparentemente son pan y vino; en realidad son el Cuerpo y la Sangre de Cristo [segundo estrato].

Pero el Cuerpo y la Sangre de Cristo son significado del pan y del vino, es decir, del alimento, porque Cristo quiere unirse a nosotros del modo más profundo, a saber: formando, Él y nosotros, un solo cuerpo [tercer estrato].

De manera análoga sucede en el matrimonio. Existe un primer dato, que se puede verificar muy bien: ese hombre y esa mujer se intercambian el consentimiento de ser y vivir como marido y mujer [primer estrato]. Mediante su vida ellos son significado de una realidad que como tal no es visible: la recíproca y definitiva pertenencia. A esto se le llama el vínculo conyugal [segundo estrato].

Prestad mucha atención. El vínculo que une con fuerza a los esposos no es principalmente un vínculo moral y legal fundado en el principio "los pactos, los contratos se respetan", sino que es una relación que da una nueva configuración a la persona de ambos cónyuges [segundo estrato].

Pero el vínculo conyugal, por su propia naturaleza sacramental, requiere, exige que se realice en la caridad conyugal, que da la realización perfecta al ser marido y mujer [tercer estrato].

La sacramentalidad del matrimonio consiste, reside propiamente en el vínculo conyugal. Es decir: la unión de Cristo y de la Iglesia representa realmente el vínculo conyugal. El Misterio de Cristo y de la Iglesia está presente en el vínculo conyugal. Los esposos se unen el uno a la otra con un vínculo en el que habita el vínculo de Cristo con la Iglesia. San Agustín llamaba al vínculo matrimonial el "bien del sacramento".

Para entenderlo mejor pensemos en el bautismo. En el bautismo se hace un gesto que dura un instante: se derrama agua sobre la cabeza. Pero como efecto se consigue una realidad permanente, que configura para siempre la persona con Cristo: el "carácter" bautismal.

En el matrimonio se hace un breve gesto: el intercambio del consentimiento matrimonial. Pero como efecto se consigue una realidad permanente que transforma la propia persona de los dos esposos en su relación al convertirlos en signo real de la unión de Cristo con la Iglesia.

Sin embargo, y esto es sumamente importante, los dos esposos son sólo "ministros del sacramento". ¿Qué significa esto? Que el vínculo conyugal está "producido" por Cristo mismo; los dos esposos aceptan que Cristo los vincule en la modalidad sacramental. Hablando del bautismo, San Agustín dice: no es Pedro, Pablo, Juan quien bautiza, sino que es Cristo quien bautiza a través de Pedro, Pablo, Juan… Esto vale también para al matrimonio. Es Cristo el que os ha casado, el que os ha "vinculado" el uno a la otra [«lo que Dios ha unido…»]. He aquí la razón por la que ninguna autoridad, incluida la del Papa, puede romper un vínculo conyugal cuando éste ha alcanzado su perfección sacramental.

Esta es la conyugalidad. "Un gran misterio", dice San Pablo. Es un don: el don de Cristo. Es un sacramento: tiene en sí la presencia de la unión de Cristo con la Iglesia.


2. Por su misma naturaleza, el vínculo conyugal pide penetrar profundamente en la mente, el corazón, la libertad, la psique de los esposos: en toda su persona. Para este fin Cristo dona a los esposos la caridad conyugal.

Si cogéis un cristal y lo situáis delante de una fuente de luz, refracta los colores del iris presentes, incluso si no están refractados, en la "luz blanca". Un fenómeno análogo sucede en la vida de la Iglesia. La fuente luminosa de la Caridad -que es Caridad-, asume colores distintos al compartirse. Existe la caridad pastoral, propia de los pastores de la Iglesia; la caridad virginal, propia de las vírgenes consagradas; la caridad conyugal, propia de los esposos.

La caridad conyugal se instala en la natural atracción recíproca de los esposos, la purifica y la eleva hasta convertirse en la participación a la misma caridad con la que Cristo ama a la Iglesia y la Iglesia a Cristo.

La caridad conyugal se expresa también en la caridad del cuerpo: los dos se convierten en una sola carne.

Debemos concluir sin profundizar, como se merece, este gran tema de la caridad conyugal. Pero vosotros, con vuestro testimonio, expresáis cómo la caridad conyugal es capaz de una acogida y de una gratuidad espléndidas.


3. Tras esta reflexión sobre la conyugalidad a la luz de la fe no podemos dejar de plantearnos una pregunta… y no es retórica si la calificamos de dramática.

Me refiero a la constatación de un hecho. El matrimonio es el único sacramento que coincide con una realidad creada. Es el propio matrimonio "natural" el que es transfigurado en el sacramento.

De ello deriva lo que la jurisprudencia de los tribunales eclesiásticos siempre ha pensado y llevado a cabo: no existe verdadero sacramento si los elementos constitutivos del matrimonio "natural" [libertad de consentimiento, por ejemplo] no existen.

Y ahora es obligatorio plantearse la pregunta: la conyugalidad tal como se piensa, se constituye y se vive actualmente, ¿es una base suficiente para que pueda ser transfigurada sacramentalmente? Me explico con un ejemplo. Para que yo pueda celebrar la eucaristía necesito vino. Pero, ¿y si el vino se ha convertido en vinagre? Celebrar la eucaristía entonces es imposible. La pregunta es: ¿existe aún el "vino de la conyugalidad" como para poder celebrar el sacramento de la conyugalidad? Nunca se ha encontrado la Iglesia ante un desafío como éste.

El gran sociólogo Pier Paolo Donati ha introducido de manera genial en esta reflexión una metáfora que tiene una gran fuerza argumentativa. Él habla de un genoma de la familia que es típico de la familia y la define. Entonces la pregunta planteada más arriba podría formularse de nuevo así: ¿el matrimonio puede estar a total disposición de la sociedad humana si no posee una forma propia, un genoma proprio?

La tendencia cultural que actualmente intenta imponerse a toda costa responde afirmativamente a esta pregunta. Es algo que no hay que infravalorar, como creo yo que está haciendo la Iglesia actualmente. El  "genoma" puede ser modificado por el ambiente, hasta llegar a convertirse en un OGM. De hecho, se está proyectando culturalmente una FGM [cfr. sobre todo esto: PierPaolo Donati, La famiglia. Il genoma che fa vivere la società. Rubettino, Soveria Mannelli, 2013, pp. 250].

¿Debe tener en cuenta la Iglesia esta tendencia pensando sencillamente que la conyugalidad cristiana puede arraigarse en cada FGM? Creo que con gran serenidad puedo decir que si así fuera estaría faltando a su importante deber de anunciar el Evangelio del matrimonio. Pero por otra parte ignorar lo que está sucediendo no sería menos real.

Me gustaría indicaros algunas orientaciones que pueden guiarnos frente a este grave desafío.

Primera. Según una serie de investigaciones, parece ser que las jóvenes generaciones sienten una profunda nostalgia de la familia y el matrimonio. Es el hecho al que hacía alusión antes. Por una parte el "genoma de la familia" está siendo sometido a intentos cada vez más poderosos e insistentes con el fin de modificarlo hasta hacerlo desaparecer. Por la otra, en el corazón del hombre y de la mujer permanece el deseo del matrimonio y la familia. Podemos decir que la situación actual nos lleva a tocar el fondo de la cuestión en dos sentidos: en el sentido de que su objetivo es mutar el propio genoma de la familia y en el que nos obliga a ahondar sobre el ser familia, redescubriendo su realidad más profunda.

La primera y más fundamental orientación es un gran e incesante compromiso cultural en dos niveles, igual de importantes ambos.

- Profundizar la propia posición de pensamiento, dando razón a nuestra concepción del matrimonio y la familia, pero pidiendo al adversario que haga lo mismo. Al final, los respectivos frutos demostrarán quién está en la verdad, quien vive una vida más humana.

- Profundizar, cualificar nuestro compromiso educativo con las jóvenes generaciones, educándolas a entender el "corazón" de su ser personas. Dada la situación, hay que plantear de un manera nueva los cursos de preparación al matrimonio.

Para que este compromiso cultural pueda llevarse a cabo es necesario protegerse de tres posiciones. (a) La posición tradicionalista: confundir el genoma con una concreta morfogénesis histórica de la familia, intentado imponerla también a nivel legislativo; (b) la elección de las catacumbas: bastan las virtudes individuales, sin pensar en una introducción razonable de la visión cristiana en la sociedad, separando totalmente el Evangelio del mundo de hoy; (c) la posición progresista: buscar un modus vivendi, un reconocimiento de esas formas de convivencia que están precisamente deteriorando el genoma de la familia [normalmente esta posición cultural se conoce como “acogida de las personas”].

La segunda orientación especifica mejor la primera. No nos podemos ya tomar a la ligera esa verdadera y propia revolución cultural que intenta redefinir qué es lo masculino y qué es lo femenino. «Esta revolución atañe a cada individuo y a todos los individuos, pero tiene un objetivo principal: la familia. Y se entiende el porqué: la razón está en el hecho de que la familia es el lugar generativo y regenerativo fundamental de la diferencia sexual» [Donati, pag. 103].

No quiero alargarme más, por lo que concluyo. Creo que no me equivoco si digo que actualmente el conflicto radical de las antropologías sucede dentro del matrimonio y la familia. San Juan Pablo II ya lo había previsto.

Y por último, pero no menos importante: la realidad de la conyugalidad cristiana debe hablarse también públicamente y esto se puede hacer sólo dentro de una red de familias. Os dejo con este pensamiento.


(Traducción de Helena Faccia Serrano, Alcalá de Henares)