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14 febrero 2009

A propósito del trágico epílogo del caso Eluana Englaro, el Cardenal Arzobispo de Bolonia se dirige a sus fieles con esta reflexión que se publicará mañana en el semanal diocesano Avvenire-Bologna Sette


Estimados fieles,

Siento el deber de enviarles algunas reflexiones que puedan guiarles en estos días, después del trágico final de Eluana Englaro. Es como si todos ustedes me dirigieran la pregunta del profeta: "Centinela, ¿qué hora es de la noche?" (Is 21,11). Oso pensar y esperar que estas reflexiones lleguen también a hombres y mujeres no creyentes, y preocupados del destino de nuestro pueblo.

1. Lo primero que hay que hacer es llamar a las cosas y acontecimientos con sus nombres: clarificar es la primera necesidad en el andar de la vida.

Ha sido matada una persona humana inocente, aunada a la autorización de un tribunal humano. Resuenan trágicamente solemnes las palabras del siervo de Dios Juan pablo II: "Nada ni nadie puede autorizar la muerte de un ser humano inocente, sea feto o embrión, niño o adulto, anciano, enfermo incurable o agonizante. Nadie además puede pedir este gesto homicida para sí mismo o para otros confiados a su responsabilidad ni puede consentirlo explícita o implícitamente. Ninguna autoridad puede legítimamente imponerlo ni permitirlo "[Enc. Evangelium Vitae 57, 5].

No es la primera vez en la historia que un tribunal da esta autorización. Sin embargo, la sentencia de los tribunales no cambian la realidad. No nos dejemos confundir incluso de las legítimas discusiones sobre la Constitución, sobre las competencias de los organismos constitucionales, y de cosas de este género. Antes de ser ciudadanos de un Estado, somos hombres y mujeres que participamos de la misma humanidad. Antes de la ley escrita en las Cartas Constitucionales y en los códigos, existe la ley escrita en el corazón humano. Ella enseña que la muerte directa y voluntaria de un ser humano inocente es siempre gravemente inmoral; lo es también cuando la muerte fuese causada por una simple omisión de un acto que podría tenerlo en vida.

2. Ha sucedido también otro hecho sobre el cual quisiera que reflexionáramos profundamente: ha sido puesto en acto el primer tentativo de deslegitimar en la conciencia de nuestro pueblo la pietas y la laboriosidad de la caridad cristiana, de ofuscar su radiante belleza.

En efecto, si se afirma el principio que existen hombres y mujeres cuya "cualidad de vida" les convierte la existencia indigna de ser vivida, ¿qué sentido tiene estarles cercanos con el amor lleno de cuidados, con la ternura que comparte la humanidad devastada? Existen gestos que conllevan relevancia simbólica, que van mucho más allá de quien los realiza, y cuyo significado objetivo se inserta dentro del vivir humano, destruyéndolo. Noche trágica aquella en la que Eluana Englaro fue retirada de las Hermanas Misericordiosas! Al ser humano frágil le ha sido retirada la caridad cristiana para entregarlo en su impotencia al arbitrio de la decisión de otros.

Entonces, los verdaderos héroes en este acontecimiento fueron precisamente ellas, las Hermanas Misericordiosas. Son las Hermanas que en nuestras Casas de la caridad continúan afirmando no con las palabras, sino con la vida, la única verdadera libertad: la libertad de amar, la libertad de donar. Y con ellas veo a todas nuestras religiosas, y todas aquellas personas, familias y asociaciones dedicadas a los más desheredados: a quien "no tiene ya sentido que viva".

3. Frente al misterio del sufrimiento y del mal, a la razón que no sabe responder a la pregunta "¿porqué?", no le queda que reconocer humildemente que el misterio, sin negar la razón, la trasciende. No existe otra posibilidad de salvación para una razón que no quiera disolverse en el absurdo.

Estimados fieles, hasta aquí quizá me pedirían: ¿entonces qué hacer? A ustedes respondo que hay una sola cosa que nos salva de la perdición total: radicar en Cristo, viviendo una intensa experiencia d fe en la Iglesia.

Es de comunidad de hombres y mujeres que en Cristo ha encontrado la perla preciosa que da sentido a la vida, que brota aquel nuevo modo de pensar y de vivir, de juzgar e introducirnos en la realidad que afirma el valor infinito de cada persona humana. En una palabra: solo una fe profundamente pensada y vivida genera una verdadera cultura; solo una fe cotidianamente practicada podrá tener viva en nuestra sociedad aquella gran tradición humanístico-cristiana, cuya necesidad es reconocida también por los no creyentes.

Es el gran empeño educativo: la regeneración de todo lo humano en Cristo; es el camino que nuestra Iglesia quiere recorrer.

A María encomendamos la causa del hombre: porque "en Ella se reavivó el amor".

 

+Carlo Card. Caffarra
Arzobispo



La traduzione, non rivista dal Card. Caffarra, è di Dino De Paz Cigarroa