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"Dignidad en el vivir y en el morir", intervención en el convenio organizado por la Asociación Médicos Católicos Italianos
Bolonia, 15 noviembre 2008


Desarrollaré mi reflexión de la siguiente manera. Primeramente trataré de elaborar un rigorismo conceptual de la categoría dignidad de la persona humana: una cuestión absolutamente necesaria hoy desde el momento en que esta expresión se ha transformado equívoca, adquiriendo significados contrarios. Después trataré de decir el contenido, el significado de vida humana digna: esta será una reflexión breve. Me detendré por más tiempo en la tercera parte, la dignidad de la persona humana en el morir.

1. Dignità de la persona umana.

Quisiera comenzar de un hecho que muchos de nosotros realizamos cada mañana: ir al puesto de revistas a comprar el periódico. Si el vendedor no lo sabe todavía, nosotros decimos simplemente el nombre del periódico. En cambio, si teniendo el periódico en la mano decimos que queremos, por ejemplo, il Resto del Carlino, pero no precisamente aquél ejemplar que se me ha dado, sino otro, el vendedor tendría el derecho de pensar que no estamos completamente sanos de mente. Cada ejemplar del mismo periódico es la copia exacta del mismo modelo; una es perfectamente igual a la otra; existe solo una diferencia numérica, en el sentido que cada copia está en la serie de los números del Resto de aquél día.

La condición de cada copia del periódico nos ayuda a percibir per contrarium la persona. Esta no es la mera concretización de la naturaleza humana indiferente a sus concretizaciones. Al respecto esribe R. Spaemann: "La natura rationalis existe, en cuanto ser sí mismo [selfst sein]. Pero esto significa que el individuo que subsiste en tal modo no puede ser descrito adecuadamente por ninguna descripción posible. Dicho de otra manera: su denominación no puede ser sustituida por ninguna descripción" [en Persone. Sulla differenza tra "qualcosa" e "qualcuno", Laterza, Bari 2005, pág. 31. Traducción libre del texto italiano]. Dicho en otros términos. El modo de ser proprio de las personas singulares; no es por serie; y por tanto no puede ser denominado como un "ser-así y así". La denominación de una persona no puede ser sustituida por ninguna descripción.

Por denominación entiendo "aquella operación de la mente que una vez conocida una cosa le da el nombre que sirve para hacer conocer su naturaleza o el uso al cual está destinada" [Enciclopedia filosofica, art. Denominazione, 3, Bompiani, Milano 2006. Traducción libre del texto italiano].

Insisto en el parecer que la más rigurosa determinación conceptual de persona sea la de Tomás de Aquino, que obviamente retoma y repiensa toda la tradición del pensamiento cristiano al respecto. Quisiera ahora resaltar algunos elementos de esta reflexión tomista, particularmente iluminantes para nuestra situación actual.

Diciendo "persona" no estoy indicando un individuo respecto a su naturaleza, así como cuando digo "gato" indicando un ser viviente que puedo describir con propiedades precisas [gato= animal que…]. Diciendo "persona" indico en cambio el modo de ser de los individuos de la naturaleza humana [nomen personae – dice Tomás – non est impositum ad significandum individuum ex parte naturae, sed ad significandum rem subsistentem in tali natura (1, q.30, a4)].

Esta observación nos conduce a la identificación decisiva del concepto de persona: ¿cuál es el modo de ser de la naturaleza humana que es propio de la persona? Podemos connotarlo como el ser en sí mismo y por sí mismo, y por tanto de sí mismo [sui juris]. La persona existe en modo tal en su naturaleza –digamos inclusive: posee la naturaleza humana- que de esa naturaleza ella es "dueña". No en el sentido que las personas no tienen ninguna naturaleza y son ellas mismas que las constituyen y la determinan. Sino en el sentido que las personas son ontológicamente capaces de decidir su modo de ser en la naturaleza: su modo de ser conforme o deforme a ella. Inclusive si el uso de ésta capacidad está condicionada por varios factores, por ejemplo, la edad, el desarrollo neuronal u otras condiciones de salud.

La persona designa un ser originariamente propio, que no encontramos en ningún otro individuo [quodam specialiori et perfectiori modo invenitur particulare et individuum in substantiis rationabilibus – escribe Tomás – quae habent dominium sui actus, et non solum aguntur, sicut alia, sed per se agunt (1, q.29, a.1)].

Ahora podemos decir qué significa la dignidad de la persona. Dignidad indica el modo de ser propio de la persona en cuanto dotado de una posición eminente en los grados del ser. Ser persona es ser más que ser-no persona; ser alguien es más que ser algo: a esto me refiero cuando digo "dignidad de la persona". Es de este "más que" cuando hablo de la "dignidad de la persona". Connoto una excelencia y superioridad en el ser.

Pero no solo. La dignidad indica también, y de consecuencia, exigencia de ser reconocida en su excelencia y superioridad. La ética y el derecho son las ciencias de este reconocimiento: de esto que implica y comporta.

Hemos entrado ya en el segundo y tercer punto de nuestra reflexión: ¿qué significa para la persona vivir según la dignidad de su ser persona? ¿qué significa para la persona morir según la dignidad de su ser persona?

Antes de responder a estas dos grandes preguntas tengo que hacer todavía dos reflexiones que, desafortunadamente por razones de tiempo, debo reducir al máximo.

La primera responde a la pregunta: ¿cada individuo humano es persona? Ya Aristóteles dijo que viventibus vivere est ese. En el viviente no se puede separar el ser del vivir. Ahí donde vive un hombre, hay una persona humana. "El ser de la persona es la vida de un hombre" [R. Spaemann, Persone… cit. pág. 241].

No solo, sino cualquier otro criterio para discernir entre los individuos humanos quien es persona y quien no que no sea la pura y simple pertenencia a la especie humana, sería inevitable la atribución de un poder de juicio sobre otros que no pudieran nunca tomar parte en la discusión sobre los criterios discriminantes de la personalidad.

La segunda reflexión no es de menor importancia. El modo de ser propio de la persona está constitutivamente relacionado a las otras personas: ninguna persona está sin puertas y sin ventanas. Decir persona sin relación es decir un no-sentido. La relación se constituye plenamente en el reconocimiento del otro como persona: no hagas al otro aquello que no quisieras que hagan a ti – ama a tu prójimo como a ti mismo. Entonces, cuando hablo de humanidad no estoy indicando como cuando hablo de animalidad, una especie viviente, sino – como justamente pensaba Kant – que denoto la familia humana y aquello que hace de cada hombre una persona. Humanidad no indica un conjunto de tantos individuos que realizan la misma especie, sino una comunidad de personas legadas por el vínculo del reconocimiento.

Ahora podemos intentar una verdadera respuesta a la luz de dos grandes preguntas: ¿cuál vida? ¿cuál muerte?

2. ¿Cuál vida? Dignidad en el vivir.

El hombre no simplemente desea vivir, sino vivir una vida buena, es decir, que sea adecuada a la dignidad de la propia persona: que sea una vida digna de la persona.

Aquí la pregunta fundamental: ¿en qué consiste la dignidad de la vida de una persona? A esta pregunta trataré de responder en esta segunda parte de mi reflexión.

Una primera respuesta podría ser la siguiente. No existe un criterio universalmente compartido para discriminar una vida digna de una vida indigna, que no sea meramente formal, privado de cualquier contenido. En efecto la dignidad/indignidad del propio vivir depende exclusivamente del juicio de quien vive: cada quien juzga si la propia vida es digna, si es una buena vida. El único criterio es la subjetiva autodeterminación del individuo.

Esta respuesta esconde un grave error, pero también una gran verdad. El error consiste en el hecho que niega la existencia de formas, de estilos de vida que sean objetivamente indignas de una persona humana, prescindiendo del hecho de que en ella la persona se sienta o no se sienta realizada. Ha sido siempre un grave escándalo para la razón, antes que para la fe en un Dios providente, el ver unidas en la misma persona una condición de bienestar y comportamientos deshonestos. La razón, aún antes que la fe, intuye que hablar de vida digna significa afirmar la existencia de condiciones, formas, estilos de vida objetivamente indignas del hombre.

La respuesta sin embargo tiene una verdad. La persona humana en razón de su subjetividad espiritual no es sólo movido hacia un fin, sino que mueve sí misma hacia un fin. Hablar de "vida digna"… ignorando a quien la vive, no tiene sentido.

De esta reflexión deriva una consecuencia importante. "la dignidad de la vida" indica simultáneamente una condición de bien-estar – de bienestar - en el cual el individuo pueda decir: "¡cómo es hermoso vivir!". El punto merece ser profundizado un poco.

¿Cuándo se realiza esta síntesis entre una condición objetiva de vida digna y una condición subjetiva de íntima satisfacción para la cualidad de la propia existencia? Cuando nuestras necesidades, nuestras exigencias naturales están razonablemente satisfechas. Hago un ejemplo, para expresarme mejor.

Es una exigencia natural de cada persona vivir en sociedad: una vida asocial es indigna del hombre. Sin embargo existen modos y modos, formas y formas de vivir asociados. Vivir en una sociedad marginados no es una vida digna del hombre. La razón humana está llamada entonces a descubrir, interpretando con verdad la naturaleza social del hombre, la forma buena – digna de la persona – de la vida asociada.

Denominamos las respuestas razonables a las exigencias naturales del hombre bienes humanos operables [operables porque deben ser realizados por el actuar humano según la recta razón], es decir bienes morales.

Hemos llegado entonces al siguiente resultado con nuestra reflexión: es una vida humana digna aquella de la persona que está en posesión de los bienes morales, de los bienes morales operables. En dos palabras: la vida humana digna es igual a vida moralmente buena [en el sentido antes indicado].

Antes de continuar, quisiera hacer dos observaciones sobre los cuales desafortunadamente no hay tiempo para detenernos.

La primera. Existen bienes morales que pueden ser realizados no simplemente operando, sino solo co-operando. Son los bienes que se cumplen mediante la virtud de la justicia.

La segunda. Los bienes morales operables no se colocan todos sobre el mismo nivel, sino que existen entre ellos una jerarquía: un mártir renuncia a la vida, que es un bien, con tal de no romper su alianza con Cristo, que es un bien más grande.

Entro ahora, más brevemente, en nuestro tema. No hay duda que la salud sea un bien humano, un bien moral. Una vida sana es más digna del hombre que una vida enferma. De esta básica intuición ha nacido la medicina como ciencia y arte dirigida a conservar o restituir a la persona y en la persona el bien de la salud. Hago dos reflexiones al respecto, y concluyo con esta segunda parte.

La primera. La salud se transforma cada vez más un bien co-operable. Es decir: el bien de la salud hoy no se realiza solo en la relación médico-paciente, sino que es el fruto también de una organización pública.

Este hecho, indudablemente positivo, no debe hacernos olvidar una verdad muy importante. La salud pertenece a aquellos bienes humanos que responden a necesidades humanas que no son "pagables": es decir, que no pueden ser tratados solo con la lógica del mercado.

La salud es un bien que le es debido al hombre porque es hombre, en razón de su eminente dignidad.

La segunda. La salud no es un bien supremo. La reflexión ética cristiana siempre ha formulado el siguiente principio, bien conocido por ustedes: la persona tiene el deber/derecho de hacer uso de los medios terapéuticos proporcionados/ ordinarios, no proporcionados/ extraordinarios.

En la base de este principio está precisamente la intuición que la salud no es un bien supremo, y que puede ser también sacrificada por bienes superiores a ella. Y con esto hemos entrado ya en la tercera y última parte de nuestra reflexión.

3. ¿Cuál muerte? dignidad en el morir.

Hablar de una "dignidad en el morir" se ha transformado hoy en la cultura post-moderna un no-sentido. Existe una hermosa poesía de Rilke, que dice: "Da, o Señor, a cada uno su muerte./La muerte que floreció de aquella vida/ en la cual cada uno amó, pensó, sufrió"[traducción libre del texto italiano]. Pero hoy en el oír común, morir es simplemente cesar de vivir: es hundirse en la muerte.

Se podrían hacer muchas reflexiones al respecto, pero el tiempo que tenemos a disposición es poco.

Hoy va haciendo camino la idea que el único ennoblecimiento de la muerte es el de atribuirla plenamente a la autodeterminación del individuo singular, sea actual [suicidio puro y simple] sea anticipada [suicidio asistido].

Este ennoblecimiento está hoy introducido en el candente debate acerca de una eventual legislación – que hoy se ha hecho necesaria – sobre el final de la vida. Trataré de hacer un poco de claridad, si logro.

El prudente discernimiento entre las intervenciones terapéuticas que tienen el perfil del ensañamiento terapéutico o de terapias proporcionadas, entra en el derecho de cada persona de vivir una vida digna, que no excluye sino más bien comprende la aceptación de la muerte.

Es necesario distinguir netamente entre terapia y cura de la persona [hidratación, alimentación, limpieza…]. La segunda es siempre un deber, y su omisión tendría éticamente el perfil del homicidio. La primera, en cambio es un deber pero haciendo las necesarias distinciones.

Haciendo estas aclaraciones, ¿podemos hablar con verdad de dignidad en el morir? ¿Cuándo la muerte es digna de una persona humana?

Si ojeamos rápidamente la tradición ética de nuestro Occidente, constatamos que indudablemente el concepto de dignidad de la muerte está presente. Al menos bajo tres figuras.

- La figura del ennoblecimiento del suicidio. La muerte del suicida adquiere, según esta visión, una dignidad como protesta de un orden de las cosas humanas considerado absolutamente absurdo.

- La figura del mártir. Presente desde la tradición judía [la grande epopeya macabea], y no ausente del todo en los griegos [muerte de Sócrates!], adquiere una dignidad incomparable en el cristianismo.

- Es absolutamente original la concepción cristiana de la dignidad de la muerte. La muerte de Cristo ha sido el acto supremo de su amor porque en ella vino la total donación de Sí mismo. La muerte como don de sí es la originalidad del cristiano. Y la muerte del cristiano es la participación a la muerte de Cristo: en esta participación está su eminente dignidad.

Dejando ahora la visita fugaz al hecho histórico, quisiera finalmente expresar claramente [lo espero] cuál sea el contenido verdadero de la expresión "dignidad en el morir".

Es una muerte digna aquella de quien tiene asegurada la cura de la propia persona y las terapias proporcionadas.

Es una muerte digna aquella de quien puede gozar de los denominados "cuidados paliativos", destinados a hacer más soportable el sufrimiento en la fase final de la enfermedad. Incluso mediante el uso de tipos de analgésicos y sedantes que tienen como efecto colateral abreviar la vida y la pérdida de la conciencia.

Es una muerte digna aquella de quien está acompañado por atención amorosa y constante de otras personas.

Es una muerte digna aquella de quien "muere para el Señor": vive la propia muerte como acto de confiado abandono en el Señor.

Es una muerte indigna aquella de quien viene privado de las terapias proporcionadas y de la cura de su persona o viene sometido al ensañamiento terapéutico.

Es una muerte indigna aquella de quien viene privado de cuidados paliativos.

Es una muerte indigna aquella de quien viene abandonado en su soledad frente a la muerte.

Es una muerte indigna aquella de quien creyente en Cristo, no une sus sufrimientos a aquellos de Jesús para la salvación de la humanidad.

Si, en fin, una legislación civil renunciara al principio que la vida humana es un bien que no está a disposición de ninguno, legitimando el suicidio asistido o el abandono terapéutico, quitaría uno de los pilares, más aún, la columna que lleva todo el edificio espiritual construido sobre la base del reconocimiento de la dignidad de la persona. Sería cuestión de tiempo, pero la ruina sería total.



La traduzione, non rivista dal Card. Caffarra, è di Dino De Paz Cigarroa